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jueves, octubre 21, 2021

Mercado en Bayamo vende una toalla en mil pesos

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No existe toalla, a no ser la que usa Kim Kardashian, que se pueda comercializar a mil pesos en Cuba. Ahí, en esa etiqueta de precio, hay maraña.

Una toalla de baño común, «de 140 centímetros de largo por 70 de ancho», está siendo comercializada en un mercado de Bayamo, provincia de Granma, en mil pesos. O lo que es lo mismo: ¡a 42 dólares!

Así lo revela, en una crónica publicada en el diario oficialista Juventud Rebelde, el también oficialista, pero periodista, Osviel Castro Medel. A juzgar por el precio de la toalla, que Castro Medel se cuestiona si «vuelan» o «tienen un grosor extraordinario», muy probablemente se exprimen solas, te dan masajes, se lavan a sí mismas, y sabe Dios cuántas virtudes más poseen las dichosas toallas.

El periodista explica que incluso pensó que había un error en la etiqueta y que se había ido un cero de más. O sea, que costaba 100 CUP y no mil, pero el vendedor -repito, en un mercado estatal- le confirmó que el precio de la toalla era ese, mil pesos cubanos. Devaluados y mal queridos, pero mil cocos. 1000 guayacanes.

El vendedor afirmó, como quien no quiere las cosas que «ese fue el precio que le pusieron», y uno se pregunta hasta cuándo el cubano que trabaja en estos lugares permanecerá impávido ante escenas de este tipo porque… no hay que ir a una escuela de comercio, y sí estar con los pies puestos en la tierra, para saber que a no ser que sea una toalla de sabe Dios qué material, de esas con la que se secan las Kardashian, o Beyoncé (o su esposo Jay-Z) no existe el modo en que se comercialice en Cuba una toalla por ese valor de mil pesos.

¿Hasta qué punto los trabajadores de una tienda y sus administradores asumen como «normal» que les traigan una toalla para vender en mil pesos? ¿Acaso el sentido común no les indica que hay ratón debajo de esa malla? ¿Qué canales existen para tramitar esa queja? ¿Quién responde? ¿Quién fiscaliza? Nadie.

Y lo digo con toda franqueza. Una franqueza acumulada con el transcurso de los años. Luego de dos años comprando a proveedores extranjeros y negociando precios más baratos; mientras algunos de estos intentaban sobornarte con un pequeño regalo o un almuerzo en La Cecilia, u otros más extrovertidos te hacían la propuesta sin tantos miramientos. «Me compras el jabón a tanto, el tubo de pasta a tanto, el desodorante a tanto, el jeans a tanto, la camisa a tanto, y nos repartimos el dinero a la mitad».

Que una toalla se venda -u oferte- en mil pesos huele fu; bien fu. Ahí hay jugada, maraña.

Un par de anécdotas reales sobre precios «fuera de lugar»

La parte cruel de este asunto de la toalla a mil pesos, o de cualquiera de esos productos multados, es que en esa cadena, en los eslabones más gruesos, hay corruptela. Si no, que le pregunten a Rosendo, el exdirector de la Empresa Nacional de Producción y Servicios a la Educación Superior (ENPSES), en La Habana, entre los años 95 y… fecha en que finalmente se fue, o lo fueron, luego de que su amante, que luego se convirtió en su esposa, lo convenció de meterse en una jugarreta de esas de comprar a sobreprecio para luego echarse mucho billete en el bolsillo. Terminaron ambos con vivienda en Miramar y todo, así que fíjense si hubo dinero en esa tubería con huecos.

Lo más triste es que protestar, como dice la canción, a veces no sirve de nada.

En el año 2000, aproximadamente, uno de los compradores de Gran Caribe, y el delegado de Gran Caribe en Cayo Largo del Sur, Pepe, se pusieron de acuerdo, presuntamente, para comprar bebidas alcohólicas a sobreprecio a un proveedor extranjero.

Cuando el gerente del hotel Pelícano por esa fecha, Rubén, y Luis Miguel Cordero, del Departamento de Alimentos y Bebidas empezaron a sacar cuentas de los costos excesivos en que estaban incurriendo los bares, el palo lo recibieron los desafortunados cantineros. A nadie se le ocurrió protestar o al parecer nadie se dio cuenta de que las botellas de vodka, whisky, tequila y etc. ya venían «multadas» desde México, donde las compraban.

En realidad sí hubo alguien que se dio cuenta. Alguien que lo manifestó tres veces, incluso ante Pepe, el Delegado de Gran Caribe en Cayo Largo del Sur. Las tres veces que lo dijo, ante miembros del Partido Comunista de Cuba recibió más o menos la misma respuesta: «tiene que ser un error», «vamos a ver eso», o «tú no eres comprador».

Pocos meses después, el comprador de Gran Caribe se quedaba en México, dicen, con varios millones de dólares. A Pepe, el Delegado de Gran Caribe en Cayo Largo del Sur, lo «explotaron» para La Habana. Por esa magia del destino, y sabe Dios si por su experiencia con alcoholes y bebidas, terminó trabajando -de jefe otra vez- en la Pernod Ricard. Manicheando el Havana Club. Dicen que «arrepentido».

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